Editorial | CUANDO EL AJUSTE ES EL PLAN

Inflación en alza, reforma laboral en puerta, universidades al límite, pujas dentro del Gobierno y la incertidumbre por el salario mínimo marcan la semana. Un país que enfrenta una agenda oficial llena de tensiones y sin respuestas para la mayoría.

(SEMANA #46)- Transitamos una semana donde el desconcierto económico y las tensiones dentro del propio oficialismo marcan una profundización del deterioro social. El Gobierno vuelve a quedar expuesto en su incapacidad para ofrecer un horizonte de estabilidad económica poniendo en riesgo a trabajadores registrados y monotributistas.

Las señales son claras, pero el rumbo no cambia: ajuste sobre los sectores populares, debilitamiento del Estado y un intento de avanzar sobre derechos laborales y sociales que han sostenido el entramado democrático durante años.


► En la trama del poder, nada es casual

La inflación de octubre —que acumula 28,4% en 2025 y 31,3% fue el interanual— sigue en niveles que erosionan el salario real, y la perspectiva de un noviembre que podría escalar nuevamente anticipando un cierre de año complejo para quienes viven de su ingreso cotidiano, con paritarias a la baja y la decisión del gobierno de ponerle un techo a los salarios.

El relato oficial insiste en la “normalización”, pero la realidad es más cruda: alimentos básicos, tarifas y alquileres, prepagas y colegios, continúan presionando a las familias argentinas, y no hay política pública consistente para recomponer el poder adquisitivo. No hay política pública porque no hay voluntad política.

Mientras tanto, el Gobierno acelera su proyecto de reforma laboral, que apunta a pulverizar la negociación colectiva sectorial, flexibilizar derechos básicos y trasladar más costo y riesgo hacia los trabajadores. Rebautizada como “modernización”, la iniciativa no es otra cosa que un viejo ideario empresarial que busca convertir al trabajador en una variable de ajuste, justo en un momento en que la precariedad y la incertidumbre golpean con mayor fuerza. La reacción de la CGT refleja esa tensión: una parte dispuesta a dialogar para no quedar marginada del debate, y otra —más combativa— decidida a resistir una reforma que, tal como está planteada, implica retroceder décadas.


LOS BOLSILLOS SE REFLEJAN EN LOS CHANGUITOS Y CANASTOS

A este escenario se suma el inminente debate del Presupuesto 2026, donde el oficialismo propone una ingeniería fiscal que profundiza el ajuste sobre educación, salud y políticas sociales. Un debate que se traslada como moneda de cambio con gobernadores de todos los signos políticos, incluyendo gobernadores peronistas.

Las universidades públicas alertan que atraviesan su peor momento en veinte años: salarios docentes a la deriva, falta de recursos básicos y un presupuesto que no alcanza para sostener la actividad académica normal. No se trata solo de números: se juega la defensa del conocimiento, de la movilidad social, del derecho a aprender y enseñar. Y, por lo tanto, del país que queremos ser.

En paralelo, el Gobierno convocó al Consejo del Salario Mínimo, Vital y Móvil para el 26 de noviembre. El salario mínimo hoy está por debajo de cualquier canasta razonable, acumulando una pérdida alarmante. La discusión será clave, pero otra vez aparece la lógica de cercenar el debate: reunión virtual, acelerada y con escaso margen para una negociación real. El piso salarial es la base del sistema de protección social, no un formalismo. De su actualización depende la vida de millones de personas.


► Esas relaciones carnales

Esta semana volvió a moverse el tablero entre Argentina y Estados Unidos: ambos gobiernos anunciaron un marco para un nuevo acuerdo comercial bilateral que incluye comercio preferencial y reducción de aranceles, entre otros puntos. Este anuncio no es un hecho aislado: ocurre en un contexto de fortalecimiento de la relación entre los gobiernos de Javier Milei y Donald Trump, con el swap de monedas y la asistencia financiera de Estados Unidos a nuestro país como medidas recientes. 


DONALD TRUMP y JAVIER MILEI, LA SONRISA QUE SELLA LA ENTREGA

Si bien es cierto que aun no hay texto final -aún no fue firmado ni publicado-, existe un borrador que da cuenta que la Argentina otorgaría acceso preferencial a distintos bienes estadounidenses (medicamentos, químicos, maquinaria, tecnología y productos agrícolas) y, entre otros acuerdos, aceptaría reconocer controles de calidad realizados en Estados Unidos. Es decir, un alimento aprobado por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) no requerirá el análisis de la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT).

Todo marca una presión de los EEUU para que los argentinos caigamos en sus garras, y donde el "topo" está dispuesto a entregarnos.


► La política también escribe sus ficciones

En el terreno político, el oficialismo vivió su propia novela interna. La asunción del nuevo ministro del Interior reconfiguró el mapa de poder entre Patricia Bullrich, Manuel Adorni y las distintas facciones que conviven en un gobierno que, lejos de consolidarse, parece debatirse en internas permanentes.


PATRICIA BULLRICH Y MANUEL ADORNI: A FELICIDADE NAO TEM FIM

El Consejo Nacional del PRO, por su parte, mostró un espacio en tensión, oscilando entre la subordinación al proyecto de Milei y la necesidad de reconstruir una identidad propia que por estas horas está desteñida. Estos movimientos no son menores: podrán afectar la gobernabilidad y el modo en que se procesan —o se imponen— las reformas sobre la sociedad.

Esta semana vuelve a confirmar lo que advertimos desde hace un tiempo: una democracia se vacía cuando la política deja de mirar a la sociedad y se obsesiona con la contabilidad del ajuste -el famoso excel del poder libertario-. Cuando el Estado retrocede y la desigualdad avanza; cuando los derechos se vuelven el blanco preferido de quienes creen que modernizar es desarmar, se evidencia el objetivo del gobierno: minorías por mayorías, individualismo por lo colectivo, mercado por Estado.

Pero también esta semana deja otra señal: la resistencia sigue viva. Está en los gremios que se organizan. En los docentes universitarios que no renuncian a defender la educación pública. En los economistas, investigadores y organizaciones sociales que siguen produciendo diagnóstico y propuestas. Está en la conciencia colectiva que empieza a comprender que detrás de cada recorte hay un modelo de país en disputa.


► Cuando el relato se quiebra, aparece la verdad

La coyuntura es dura, sí. Pero no definitiva. La historia argentina demuestra que cada vez que la desigualdad se vuelve política de Estado, la sociedad encuentra caminos para revertirla. Este es un tiempo que exige lucidez, organización y esperanza activa: no aceptar que el futuro se escriba desde la resignación, sino desde la construcción colectiva.

Porque la verdadera modernidad no se alcanza desmontando derechos, sino ampliándolos. No se construye achicando el Estado, sino volviéndolo más justo y eficiente. Y no se logra enfrentando a los trabajadores, a los docentes y a los más vulnerables, sino convocándolos como protagonistas, incluirlos y no expulsarlos del sistema.

La Argentina que viene dependerá de nuestra capacidad de defender lo conquistado y de imaginar lo que aún falta. Y en ese desafío, hay un papel insoslayable: sostener un proyecto de país donde la igualdad, el trabajo digno, los medios productivos, la salud y la educación pública, la ciencia, la tecnología  y la justicia social no sean eslóganes, sino la base misma de nuestra vida democrática.

Por Hugo Moreno