Por
Hugo Moreno
Editorial | LO QUE DEJO LA ELECCION 26-O
La victoria del oficialismo nacional y su espacio La Libertad Avanza (LLA) -que obtuvo alrededor del 40% de los votos nacionales y amplió su representación parlamentaria-, marca un quiebre profundo en el mapa político argentino.
Desde cierta óptica del campo nacional y popular, sería conveniente destacar al menos tres ejes fundamentales que podrían explicar este desenlace y sus riesgos para el futuro de la gobernabilidad democrática.
No hubo propuestas, hubo amenazas. No hubo debate, hubo chantaje: “si no nos votan, se viene el caos” dijeron desde el norte. Así operaron el gobierno, el poder mediático y financiero, construyendo una atmósfera de miedo para disciplinar a un pueblo golpeado por la inflación, la pobreza y la incertidumbre. Mientras tanto, el campo popular que llegó fragmentado.
► La campaña del miedo y la intervención simbólica de los EEUU
El primer factor clave es la campaña de miedo que se puso en juego en torno al escenario de colapso económico argentino -y muy simbólicamente el peso de la implicación de los Estados Unidos, y en particular de Donald Trump y Scott Bessent y Barrey Bennet-, como actores morales, financieros y políticos.

Informes señalan que la victoria de La Libertad Avanza fue “vigilada de cerca por Washington” y que el paquete de ayuda de unos 40 mil millones de dólares (entre swap de divisas y fondos) estuvo condicionado al éxito electoral del oficialismo.
Esta lógica de “rescate externo a cambio de continuidad política” introdujo en la campaña un mensaje de urgencia y catástrofe: si no salía bien la elección, se abriría la puerta al desastre económico.
Esa lógica implica una doble amenaza: por un lado, legitima la intervención financiera externa condicionada al resultado político; por otro, vehicula una campaña de miedo en la que la ciudadanía es colocada ante la disyuntiva “o este gobierno o el caos”. Esa estrategia debilita la deliberación democrática, pues pone en primer plano el temor antes que las propuestas.
► La fragmentación y falta de proyecto de la oposición
El segundo vector es la debilidad electoral y política de la oposición que se define como de “centro-izquierda” o “popular”, y en especial la fragmentación del peronismo. El frente Fuerza Patria, que supo agrupar diferentes corrientes peronistas, quedó por debajo del oficialismo y no logró capitalizar de manera contundente la incomodidad social.
Esta dispersión de fuerzas -multiplicadas por la discusión de candidaturas, falta de liderazgo único, ausencia de mensaje claro que conecte con los grandes problemas de los trabajadores y las mayorías populares-, explican en buena medida la derrota relativa del campo popular. Así, se presentó una oposición sin un eje articulador, lo cual permitió que la narrativa de la “alternativa del cambio” -aunque cargada de riesgos- desplazara la voz de quien debía representar los intereses populares.
Para la mirada nacional y popular hay aquí una lección: no basta con estar contra algo (el ajuste, la pobreza, la exclusión), sino que se requiere una construcción política colectiva, articulada y con propuestas concretas de transformación social que se conecten con el mundo del trabajo, la soberanía y la justicia social.
► Peronismo fragmentado, sin hegemonía ni interlocución fuerte
El tercer punto es interno al campo popular: la situación del peronismo como fuerza hegemónica para representar las mayorías populares. La derrota o el retroceso no es solo electoral, sino de marco político: estamos frente a un peronismo fragmentado, con divisiones internas, sin suficiente renovación, que no logra insertarse en el nivel de exigencia política que demanda la coyuntura, y ciertos sectores sociales.

La derrota también evidencia que el “modelo peronista” tradicional —centrado en la movilidad social, los derechos laborales, el espíritu de redistribución— no logró hacerse oír con fuerza frente al relato dominante del “resto” versus el “nuevo” (aunque este nuevo lo sea en apariencia). Para el nacional-popular esto es una llamada de atención: si el peronismo ya no es la opción natural para las mayorías, eso abre un vacío que puede ocupar tanto la derecha neoliberal como la ultraderecha, o fuerzas antisistema.
► Perspectivas hacia adelante
La historia argentina demuestra que ningún poder externo ni coyuntura electoral puede quebrar la voluntad de un pueblo que lucha por su dignidad. El miedo podrá ganar una elección, pero no construye futuro.
El pueblo argentino no votó un modelo de exclusión: votó condicionado por la desesperanza y la presión del poder económico y mediático. Por eso, se debe asumir el compromiso de redoblar la organización política y social para reconstruir un proyecto nacional que vuelva a poner en el centro lo que hoy está en los márgenes: el trabajo y la producción nacional; la soberanía económica y política; la justicia social y la igualdad.
Desde ese perspectiva, la elección también abre una doble vía de riesgos y de oportunidades.
- Riesgos:
Que la victoria del oficialismo se interprete como un cheque en blanco para consagrar una política de ajuste, privatización, subordinación financiera internacional, sin contrapesos institucionales fuertes.
Que la oposición y el movimiento popular queden sin instrumento válido para defender los intereses de las mayorías, lo cual socava la democracia participativa y refuerza el desencanto ciudadano.
Que la campaña del miedo y la dependencia externa se consoliden como forma habitual de dominación política, desplazando el debate de fondo sobre modelos de desarrollo soberano, trabajo decente y justicia social.
- Oportunidades:
Que el campo nacional y popular pueda aprovechar la coyuntura para recomponerse: construir alianzas amplias, renovar liderazgos, presentar un programa alternativo claro que conecte con los desafíos económicos y sociales de la Argentina.
Que la derrota impulse una reflexión estratégica: fortalecimiento de los sindicatos y del mundo del trabajo, vinculación con los movimientos sociales, elaboración de plataformas de futuro que articulen soberanía, producción, empleo y redistribución. Y a su vez, formación y capacitación política.
Que se abra un nuevo ciclo en el que no basta con la cómoda hegemonía electoral, sino con la construcción política sostenida, la movilización social creativa y la articulación entre lo local, lo provincial y lo nacional.
► A modo de Conclusión
Las elecciones legislativas del 26 de octubre de 2025 muestran que en Argentina se ha producido un cambio político relevante: no solo en el reparto de escaños, sino en el sentido común político. Desde el campo nacional y popular, este resultado debe leerse como una alerta: la dominación del relato del “orden” financiero, mediático y externo tiene aún fuerza, y el espacio de la transformación está en disputa.
La fragmentación del peronismo, la falta de propuestas articuladas y la campaña construida sobre el miedo facilitan que el poder económico y mediático imponga su lógica, en detrimento de las mayorías populares. Pero la derrota no es irreparable: es también una oportunidad para recomponer, desde las bases, una política que vuelva a poner al trabajo, la soberanía, la producción nacional y la justicia social en el centro de la escena.
En definitiva: el 26 de octubre no solo fue una victoria de un modelo sino una exhortación para que el nacional-popular vuelva a asumir protagonismo político real antes de que ese protagonismo le sea arrebatado por otros.