El peronismo vuelve a la mesa: una tregua que puede cambiar el tablero

La reunión entre Axel Kicillof, Sergio Massa y Máximo Kirchner no terminó con las diferencias internas ni garantiza una unidad electoral. Pero representa un primer movimiento para ordenar una disputa que durante meses debilitó al peronismo. La defensa de las PASO, la coordinación parlamentaria y la necesidad de construir una estrategia común hacia 2027 abren una etapa en la que la unidad deberá demostrar algo más que capacidad electoral: tendrá que ofrecerle a la sociedad un proyecto de país.


(EDITORIAL | 16/08/2026)- La cumbre que reunió a Axel Kicillof, Sergio Massa y Máximo Kirchner, junto a gobernadores y referentes parlamentarios del peronismo, pertenece a esas reuniones que, sin necesidad de grandes gestos, revelan que algo comenzó a cambiar. No clausuró la interna. No borró las diferencias. Y tampoco resolvió quién conducirá ni quién será candidato en 2027.

Pero produjo algo que hasta hace poco parecía difícil: los principales sectores del peronismo volvieron a sentarse alrededor de una misma mesa.




Y en política, cuando una fuerza viene de meses de enfrentamientos, volver a conversar ya es un hecho político no menor.

La reunión debe ser leída con prudencia. Presentarla como el nacimiento de una nueva unidad sería apresurado. Pero reducirla a una simple foto sería subestimar su importancia.

Lo que aparece, en principio, es una tregua.

Y las treguas, cuando están acompañadas por decisiones concretas, pueden convertirse en algo más.

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“La unidad no nació del acuerdo:

nació de la necesidad”

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Durante buena parte del último año, el peronismo pareció atrapado en una discusión interna que terminó ocupando buena parte de su energía política. La disputa entre el gobernador bonaerense y un sector del kirchnerismo. Las diferencias entre los distintos sectores del peronismo y las aspiraciones presidenciales de dirigentes con peso propio fueron configurando un escenario donde la oposición al gobierno de Javier Milei aparecía fragmentada, diezmada, dividida y hasta atomizada.

Mientras tanto, el oficialismo avanzaba con su agenda. Con dificultades, es cierto, y por un camino sinuoso, pero con capacidad para sostener la iniciativa política y reforzar su discurso con anuncios, obras y promesas, muchas de ellas todavía incumplidas.

La política tiene una particularidad: tarde o temprano, la realidad obliga a ordenar las prioridades. Como dice aquel viejo apotegma: cuando el carro comienza a andar, los melones se acomodan. Y algo de eso parece estar ocurriendo.

La coordinación parlamentaria frente a iniciativas del Gobierno, entre ellas los capítulos vinculados con la extranjerización de tierras y el manejo del fuego, mostró que las distintas expresiones del peronismo podían encontrar un punto de coincidencia cuando existía un objetivo concreto.

La experiencia parlamentaria dejó una enseñanza sencilla pero contundente: cuando el peronismo logra coordinarse, puede construir mayorías y también poner límites.

La cumbre política aparece, en parte, como consecuencia de esa experiencia.

No es casual que la discusión electoral y la necesidad de construir una estrategia común hacia 2027 aparezcan ahora, después de esos episodios.

El mensaje parece ser claro: si las diferencias internas continúan convirtiéndose en rupturas, el costo puede ser demasiado alto.

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“Las PASO pueden ordenar una interna,

pero no pueden construir un proyecto”

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Uno de los principales acuerdos de la reunión fue la defensa de las PASO como mecanismo para resolver las candidaturas y ordenar la competencia interna. Y esto no es un dato menor, es relevante.

Las primarias pueden ofrecer una salida institucional para una discusión que el peronismo todavía no logró resolver políticamente: cómo convivir con diferentes liderazgos, proyectos y aspiraciones sin transformar cada diferencia en una ruptura.

Competir dentro de un mismo espacio puede ser preferible a dividirlo.

Pero las PASO no deberían transformarse en una suerte de fetiche electoral.

Una primaria puede determinar quién encabeza una boleta. No determina qué se hará con el país.

Puede resolver una candidatura. No resuelve un programa.

Es más, puede ordenar una competencia, pero no reconstruye por sí misma el vínculo entre la política y una sociedad que ha cambiado profundamente.

Por eso, defender las PASO puede ser una condición necesaria para la unidad electoral, pero está lejos de ser suficiente para construir una alternativa política.

El verdadero desafío empieza después, o mejor aún, comienza a partir de este primer acuerdo.

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“El problema no es solamente cómo volver: es para qué volver”

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El peronismo cometería un error si interpretara que el desgaste del gobierno de Milei será suficiente para devolverlo al poder.

Una oposición no gana solamente porque el oficialismo pierde. Gana cuando consigue convencer a una mayoría de que está en condiciones de gobernar mejor, para una mayoría, o mejor aún: para todos.

Y allí aparece la discusión que todavía está pendiente. La construcción de un programa que enamore al electorado, que de cuenta de qué modelo productivo se propone. Cuál será el rol que se le de a la industria nacional y las pequeñas y medianas empresas, frente a la relación del capital financiero.  Qué se propone para el trabajo y los salarios.

De hecho, un programa, un proyecto político y una oferta de gobierno deberá responder a un sinnúmero de interrogantes, ejemplo: ¿Cómo se recuperará la obra pública?. ¿Qué Estado se pretende construir?. ¿Cómo se enfrentará el problema de la deuda?

Y, sobre todo, ¿cómo se volverá a construir una sociedad donde la mayoría pueda imaginar un futuro mejor?

Son preguntas que no pueden responderse con una candidatura. Tampoco con una consigna. Mucho menos con nostalgia.

Pero habrá que plantearse un interrogante más profundo: ¿El peronismo quiere recuperar votos o quiere recuperar representación social?.

El campo nacional y popular necesita construir una propuesta que dialogue con una sociedad que atravesó transformaciones profundas durante estos años. Una sociedad que votó a Milei, que expresó su hartazgo con una dirigencia tradicional, que sufrió el deterioro de sus ingresos y que, al mismo tiempo, continúa buscando respuestas frente a problemas concretos que el mercado no resuelve.

Por eso la reconstrucción política no puede consistir simplemente en sumar estructuras partidarias. Es importante, pero antes habrá que coincidir en el proyecto.

Se necesita recuperar confianza. Y la confianza no se recupera mirando exclusivamente hacia adentro. Se recupera escuchando. Escuchar para entender la problemática, para organizar la demanda, para pensar y reflexionar y hablar luego con propuestas concretas, otra vez: para enamorar al electorado. Pero fundamentalmente hablar a quienes sienten que la política dejó de hablarles.

Ese es probablemente el desafío más importante que tienen por delante Kicillof, Massa, Máximo Kirchner y el conjunto de las fuerzas que pretenden construir una alternativa al proyecto libertario, que dicho sea de paso estamos ante un gobierno mucho más pragmático que dogmático.

La unidad electoral es necesaria. Es cierto.

Pero la unidad política necesita algo más que una boleta común: necesita un horizonte compartido, una construcción colectiva.

La cumbre no resolvió la interna. Y probablemente tampoco podía hacerlo.

Lo que hizo fue algo más modesto y, justamente por eso, más importante: abrir una instancia de diálogo entre sectores que durante meses parecieron más preocupados por disputar el liderazgo del espacio que por construir una estrategia común.

Ahora habrá que ver si esa tregua consigue convertirse en método.

Si la mesa política se sostiene. Si las diferencias pueden procesarse sin nuevas rupturas. Si las PASO se transforman efectivamente en una herramienta de competencia y no en otra batalla interna.

Si gobernadores, intendentes, organizaciones sindicales y sociales y las distintas expresiones del peronismo pueden formar parte de una construcción que exceda a sus dirigentes.

Y, sobre todo, si esa construcción es capaz de abandonar por un momento la discusión sobre los nombres para comenzar a discutir el proyecto de país que nos una a todos, trabajadores, jubilados y desocupados. Empresarios, comerciantes y profesionales. Para algunos, es casi utópico: pero lograr autonomía en las decisiones del Estado frente a potencias extranjeras, es soberanía política. No tener ataduras financieras externas para el desarrollo propio, es Independencia económica. Distribuir de manerar equitativa la riqueza y garantizar derechos para los sectores más vulnerables, es justicia social.

Para algunos, 2027 todavía está lejos, pero la construcción de una alternativa no puede esperar hasta entonces.

El peronismo volvió a sentarse a la mesa.

Pero puede ser el comienzo de algo mucho más importante si quienes se sentaron allí comprenden que el desafío no consiste solamente en derrotar a Milei, y al gobierno libertario, porque Milei no gobierna solo. Hay un establishment que lo fortalece, un FMI que sostiene financieramente su programa, legisladores que acompañaron con sus votos iniciativas del oficialismo y gobernadores que, muchas veces, priorizan sus intereses particulares por sobre una estrategia nacional.

Puede ser el comienzo de algo diferente si esa tregua se transforma en método, la competencia en participación y la unidad electoral en un proyecto de país.

Porque el desafío, y repito, no consiste solamente en derrotar a Milei. Consiste en convencer a una mayoría de argentinos de que existe otro camino posible.

Y para eso no alcanza con volver a juntarse. Hay que volver a tener algo que ofrecer. Un proyecto de país.