Por
Hugo Moreno
El pulso de la salud pública: el conflicto en el Garrahan y el ajuste sin anestesia
En los pasillos del Hospital Garrahan, corazón palpitante de la pediatría argentina, se escucha el eco de una lucha que trasciende salarios. Allí, donde se curan las cardiopatías más complejas, donde los chicos de cada rincón del país encuentran atención de excelencia, hoy los profesionales de la salud resisten una embestida que amenaza el futuro de la salud pública.
Desde que Javier Milei asumió la presidencia con su cruzada libertaria, el Estado ha sido reducido a un mero gestor de planillas de Excel. En esa lógica, incluso el Garrahan —referente regional en atención pediátrica gratuita y de alta complejidad— no se salva del bisturí del ajuste.
Un hospital ejemplar, asfixiado
El Garrahan atiende más de 610 mil consultas anuales, realiza miles de cirugías y trasplantes, y garantiza tratamientos para enfermedades que pocos centros en América Latina podrían abordar. Su prestigio es indiscutido. Su compromiso, inquebrantable.
Sin embargo, en lo que va de 2025, el gobierno nacional recortó en un 72% las transferencias presupuestarias respecto al año anterior. Mientras las partidas prometidas rozaban los $50 mil millones, los fondos efectivamente girados han sido mínimos, y en enero el hospital directamente no recibió un solo peso del Tesoro nacional.
La respuesta del gobierno no fue un refuerzo presupuestario, sino un discurso que habla de “ineficiencia administrativa” y propone descentralizar los hospitales nacionales, transfiriéndolos a las provincias. Una manera elegante de sacarse el problema de encima.

Residentes con salarios de hambre
Los médicos residentes, columna vertebral del sistema hospitalario, cobran sueldos que apenas superan los $960 mil —muy por debajo de la canasta familiar, que ya trepa a $1.400.000— mientras trabajan más de 70 horas semanales, con guardias extenuantes y tareas de altísima responsabilidad. En lo que va del año, más de 60 profesionales renunciaron, agotados por la precarización.
“Queremos terminar nuestra residencia, pero también poder vivir de lo que hacemos y amamos”, dice Carolina, médica residente de tercer año, en un testimonio que resume el desgarro entre la vocación y la realidad. La pérdida salarial desde diciembre de 2023 supera el 50%.
El gobierno responde con tecnocracia y controles
Desde el Ministerio de Salud, la viceministra Cecilia Loccisano —de pasado vinculado al macrismo— ensaya una defensa tan fría como distante: niega el desfinanciamiento y señala desorden administrativo. “No hay motosierra, hay eficiencia”, repite. Propone controles biométricos para verificar asistencia y sugiere que quien no cumpla con ese nuevo sistema, “se va”.
Es decir, mientras cientos de médicos y médicas se movilizan para sostener un hospital público de excelencia, el gobierno responde con planillas, relojes y amenazas. Mientras los niños esperan una cirugía o una medicación, se discute si hay demasiados administrativos.
Una sociedad que defiende lo que es suyo
Pese a la indiferencia oficial, la comunidad sostiene al Garrahan. Padres, pacientes, docentes, organizaciones sociales y trabajadores de la salud se han movilizado frente al ajuste. Porque el Garrahan no es solo un hospital: es un símbolo de lo que el Estado puede y debe garantizar. Es la demostración de que lo público puede ser sinónimo de calidad, de humanidad, de ciencia aplicada al bien común.
El conflicto en el Garrahan no es un reclamo sectorial. Es una advertencia. Lo que está en juego es la salud de nuestros hijos, el futuro de la medicina argentina, y la idea misma de un Estado presente.
La motosierra no distingue. Pero el pueblo sí. Y cuando toca lo que duele, como la salud de los chicos, la respuesta no se hace esperar. Porque en este hospital, y en tantos otros rincones de la Argentina profunda, aún late una esperanza que no se resigna: la de una patria donde lo humano no se ajuste.