GANÓ LULA, ¿Y AHORA?
Si bien es cierto que el triunfo en segunda vuelta de Lula fue claro, también es verdad que el Partido Liberal consiguió un gran resultado en la primera vuelta, lo que le permitió ganar gobernaciones importantes.
.webp)
(Por LEONEL VIRGILLITO)- La victoria electoral de Lula da Silva sorprendió a propios y extraños. Los últimos sondeos daban ventaja a Flávio Bolsonaro, que además había ganado la primera vuelta por cerca de 2 puntos. Lula había prometido que en el balotaje “eu me agiganto” y, tres semanas después, logró lo que nadie había conseguido desde la vuelta de la democracia: que el candidato perdedor en primera vuelta lograra revertir el resultado.
Cuando se presentó en su primera elección, donde perdió el balotaje contra Fernando Collor de Mello, era 1989 y el mundo era otro: todavía existía la Unión Soviética, y las computadoras, los celulares y el internet eran algo totalmente novedoso. Treinta y siete años después consiguió ganar su cuarta elección presidencial, las cuatro por balotaje. Pero está claro que ganar no es gobernar.
Si bien es cierto que el triunfo en segunda vuelta de Lula fue claro, y que el 51,8% de los votos frente al 48,2% de Flávio Bolsonaro que consiguió fue incluso superior al que había obtenido cuatro años atrás contra el patriarca de la familia Bolsonaro, también es verdad que el Partido Liberal consiguió un gran resultado en la primera vuelta, lo que le permitió ganar gobernaciones importantes y, sobre todo, ser la primera minoría en el parlamento. Hoy, con 81 años recién cumplidos, Lula da Silva comienza su cuarta presidencia contra el Congreso más desfavorable de sus cuatro gobiernos.
A esto se suma una oposición que, si bien reconoce institucionalmente su triunfo, tiene a su candidato viviendo en Estados Unidos luego de haber partido a escondidas, desde donde se niega a aceptar el triunfo electoral de su rival y se autoproclamó primero presidente electo y luego líder de Brasil.
► Algunas enseñanzas de la elección brasileña
Obviamente, en este artículo vamos a hablar de las redes sociales, del “Ejército de Lula” en WhatsApp y de cómo se le hizo frente a la derecha radical en un lugar donde saben jugar a la perfección. Pero alguna vez escuché a un consultor político decir que no se sabe realmente la efectividad de las campañas electorales, pero por las dudas se tienen que hacer igual. Todo lo que se habló de la campaña digital de Lula me hizo recordar esa frase, no porque no haya sido importante, sino porque con eso solo no alcanza, antes es importante que el candidato sea a la vez nítido y flexible. Nítido porque cada vez funcionan menos electoralmente esos candidatos del centro que no se definen por nada; en la era de la polarización y los algoritmos, el que no toma posiciones firmes es visto como poco genuino y, por tanto, no tiene impacto. Y flexible porque es necesario entender cómo son las reglas de juego actuales y actuar en consecuencia. Lula da Silva, un hombre de casi 81 años que ya había gobernado tres veces Brasil, que se jactaba de no usar celular, comprendió rápidamente que si quería ganar tenía que cambiar la estrategia electoral, rodearse de jóvenes que comprendieran “la calle virtual” y disputar la elección también en ese escenario que le era totalmente ajeno.
Entrando ahora sí a la campaña digital, es realmente increíble cómo, tan solo en tres semanas, lograron cambiar la estrategia y conectar con una parte del electorado que, por lo menos, no había votado a Lula.

El grupo de WhatsApp del “Ejército de Lula” pasó de cincuenta mil personas a diez millones, se hizo una transmisión en vivo de 24 horas que encabezaba el diputado André Janones, se siguieron reglas claras para saber cuándo responder y cuándo ignorar a los bolsonaristas en redes, se viralizaron spots con canciones pegadizas, se buscó que los jóvenes conocieran al Lula obrero y sindicalista, y la campaña digital excedió al presidente, teniendo más alcance el mensaje de activistas, militantes y diputados que el que él tenía en sus redes. Pero todo eso se acompañó de política tradicional: movilización en las calles, políticas públicas populares como la reducción de la jornada laboral, se trazaron alianzas con “el central”, se apostó a la polarización y la “campaña del miedo”. En síntesis, se pusieron todas las herramientas que se tenían a mano al servicio de que el presidente pudiera revertir el resultado electoral. Y si, como dijo ese consultor, realmente no sabemos el impacto de las campañas, por lo menos podemos estar seguros de que se revirtió lo que decían todas las encuestas.
Por otra parte, es importante señalar que el triunfo de Lula permitió derribar dos mitos recientes a la vez: que a la derecha radical es imposible ganarle electoralmente y que, no importa lo que hagan, los oficialismos están condenados a la derrota. En artículos anteriores hemos afirmado que existe un descontento generalizado en la sociedad, producto de, principalmente, una serie de demandas insatisfechas a las que la derecha ha sabido darle una respuesta apuntando hacia el costado y hacia abajo, y no hacia arriba. Pero eso no significa una derechización per se de la sociedad, sino que hay una disputa por la representación política que, por ahora, ellos están ganando, pero que si un dirigente ideológicamente nítido logra conectar con las demandas sociales insatisfechas, utiliza las herramientas y canales de comunicación adecuados para estos tiempos, y presenta un nuevo horizonte posible, “por izquierda”, también puede tener resultados electorales exitosos. Ahora sabemos que eso es posible incluso siendo oficialismo.
► Algunas incógnitas para el futuro
Lula tiene 81 años, no puede volver a presentarse y se enfrenta a un panorama muy complejo en el parlamento. ¿Puede consolidar su gobierno en estas circunstancias? ¿Puede cumplir con la promesa de hacer la mejor de todas sus presidencias? ¿La sociedad movilizada para la campaña se vuelve a su casa o ahora será un actor que quiere seguir activo? Y si se mantiene activo, ¿será un beneficio para el presidente o una presión difícil de manejar?
Si bien el Partido Liberal y la oposición brasileña en general aceptaron su triunfo electoral, su rival en las elecciones, al igual que su padre antes, no lo hizo. Incluso en una transmisión en vivo en Instagram desde Estados Unidos afirmó que estaba dispuesto a volver a presentarse a elecciones y aclaró: “No estoy hablando de 2030, estoy hablando de antes”. El mensaje está claro: apuesta a que Lula da Silva no termine su mandato. ¿Buscará aprovechar que son la primera minoría en el parlamento para que el presidente sufra el mismo destino que Dilma Rousseff? ¿O piensa ser una suerte de Juan Guaidó y esperar que Estados Unidos no reconozca las elecciones en Brasil para que un día, tras sacarlo como a Maduro de Venezuela, él pueda hacer su regreso triunfal al país y ser electo como presidente?
Independientemente de los deseos de Flávio Bolsonaro, por lo menos por ahora, desde Estados Unidos, si bien no recibieron la noticia con alegría, no han salido a rechazar públicamente el triunfo del PT. Además, la mayoría de la comunidad internacional salió a reconocer la victoria de Lula rápidamente, a excepción de Javier Milei, quien todavía no se ha manifestado al respecto.
Ahora bien, con minoría en el parlamento y amenazado su futuro, se hace evidente que el presidente necesita del respaldo social para poder sostenerse y avanzar con su agenda. La pregunta es si todos esos que se movilizaron de manera activa se mantendrán de esa forma, o si, cumplido el principal objetivo, se producirá un proceso de desmovilización.
Parece que las sociedades movilizadas suelen ser un arma de doble filo para los gobiernos. Por un lado, todos quieren tener ese respaldo en las calles, y ahora en las redes, pero son conscientes de que en cualquier momento se puede volver en contra si empiezan a sentir que sus demandas no son escuchadas. Un escenario muy posible en Brasil ante la debilidad parlamentaria del oficialismo.
Con todo esto queda claro que, incluso estando ante un triunfo importante que deja enseñanzas a tener en cuenta de cara a las elecciones del año que viene en Argentina, el escenario político que se le abre a Lula da Silva en su cuarta presidencia es verdaderamente incierto. Para poder dar la discusión y avanzar necesita del apoyo popular, pero corre el riesgo de que se vuelva en contra si no logra mostrar fortaleza. Además, se abre otro escenario futuro: Lula no tiene reemplazo, ya falló en construirlo anteriormente y ahora le quedan tan solo cuatro años para lograrlo.
(*) Politólogo y Consultor político. Director de AlterPoli Consultora.
.webp)