Informe | CUERPOS ENCERRADOS, VIDAS EN DISPUTA
(19/10/2025)- Cuando hablamos de narcopolítica, no hablamos solo de corrupción y poder, sino de un sistema que necesita fabricar cuerpos descartables para sostenerse.
Y esos cuerpos —en su mayoría— son los de las mujeres pobres, las madres, las trans, las que nunca tuvieron un abogado de apellido rimbombante ni un juez que las viera como humanas.
Los penales de mujeres son el laboratorio más cruel de esta maquinaria.
Allí no solo se priva de la libertad: se despoja de la femineidad, la identidad, el afecto y la esperanza.
El cuerpo se convierte en un territorio administrado por otros, en una mercancía biopolítica.
El castigo no se agota en las rejas: continúa en el hacinamiento, en la negación del tratamiento médico, en la suspensión de los vínculos, en la pérdida de los hijos, y en la lenta desaparición del deseo.
El suicidio en las cárceles de mujeres —como el ocurrido recientemente en el penal de Los Hornos— no es un accidente ni una decisión personal.
Es el resultado previsible de una violencia institucional que se disfraza de rutina.
El Servicio Penitenciario Bonaerense reportó en los últimos años una tasa de suicidios y tentativas superior a la media nacional, especialmente en unidades femeninas.

Los informes del Comité contra la Tortura y de la Procuración Penitenciaria de la Nación señalan que el 70% de las mujeres privadas de libertad atraviesan cuadros de depresión severa o ideación suicida, sin acompañamiento psicológico efectivo ni programas de contención sostenida.
Detrás de cada cuerda improvisada en un baño hay una historia de abandono.
Hay una mujer que fue madre, que fue pareja, que fue hija. Y hay un Estado que, en nombre del orden, decidió no verla más.
Las cárceles de mujeres revelan una verdad que incomoda: el Estado castiga con mayor dureza a las mujeres que transgreden el orden patriarcal.
La que roba para alimentar a sus hijos, la que transporta droga para su pareja, la que se defiende de un golpe y sobrevive, todas son leídas bajo la misma lupa moral.
El sistema no solo las juzga por el delito, sino por haber “fallado” en su rol de madre o de mujer.
La violencia institucional es doble para las mujeres trans, sobre todo para aquellas que ya realizaron su transición quirúrgica.
En muchas cárceles argentinas se les niega la continuidad de los tratamientos hormonales, provocando graves consecuencias físicas y psicológicas.
Son cuerpos que el sistema no sabe dónde ubicar: ni hombres, ni mujeres, ni humanas a los ojos de la burocracia penitenciaria.

Sufren aislamiento, violaciones, burlas, abandono sanitario. Y aun así, cada una de ellas encarna una forma de resistencia: la de existir contra todo.
La cárcel, en su forma más cruda, reproduce el orden patriarcal: silencia, somete y uniforma.
El cuerpo femenino —cis o trans— se vuelve un cuerpo sin deseo, despojado de su expresión, reducido a biología o a carne de castigo.
El maquillaje está prohibido, los espejos son escasos, los gestos de ternura son sancionados.
El sistema suprime la feminidad como castigo simbólico, porque el deseo, la belleza o la identidad propia representan aún un acto de libertad.
La cárcel busca disciplinar el cuerpo hasta hacerlo dócil: primero se encierra, luego se domestica.
Según datos del Sistema Nacional de Estadísticas sobre Ejecución de la Pena,en Argentina hay más de 3.800 mujeres privadas de libertad, el 90% por delitos vinculados al narcomenudeo.
El 70% tiene hijos menores de edad, y de ellos, la mayoría queda bajo el cuidado de familiares precarizados o termina en hogares estatales.
La maternidad se convierte así en una condena paralela: la culpa, el desarraigo, la imposibilidad de ver crecer a los hijos.
La violencia sexual y simbólica dentro de los penales se mantiene invisible.
Hay mujeres que no denuncian porque saben que las consecuencias serán peores: más encierro, más soledad, más represalia. Pero también hay resistencia.
En los talleres de lectura, en los programas de educación universitaria en contextos de encierro, en las cartas que escriben a sus hijos o a otras compañeras.
Cada una de esas acciones es un acto de afirmación humana en medio del despojo.
Allí donde el sistema intenta destruir la subjetividad, florece la escritura, la solidaridad, la memoria compartida.
La cárcel es el espejo deformante de nuestra sociedad. Refleja todo lo que elegimos negar: la desigualdad, la pobreza, el machismo, la crueldad institucional.
Las mujeres privadas de libertad son el eslabón más débil de una cadena que empieza mucho antes del delito.
Empieza con el hambre, con la falta de oportunidades, con el abuso, con el desamor.
Por eso, cuando una mujer se suicida en el penal de La Plata o en cualquier otro penal del país, no muere sola: muere con ella una parte de nuestra humanidad.
Y mientras haya una sociedad que naturalice ese dolor, todas estamos presas de un mismo sistema que produce exclusión y castigo en nombre del orden.
A vos, que estás ahí adentro y todavía respirás entre el ruido y la pena: el sistema te arrebató casi todo —la libertad, el afecto, la esperanza—, pero no puede quitarte el amor.
El amor a tus hijos, a tu propia vida, a las otras compañeras que te rodean.
Ese amor, tan invisible para los que vigilan, es tu última trinchera.
Resistir es un acto de amor supremo.
Bibliografía consultada:
-Procuración Penitenciaria de la Nación (2024). Informe Anual sobre condiciones de detención de mujeres y población trans en unidades penitenciarias argentinas.
- Comité Nacional para la Prevención de la Tortura (2023). Relevamiento de condiciones de detención en unidades del Servicio Penitenciario Bonaerense.
- Ministerio de Justicia y Derechos Humanos (2024). Sistema Nacional de Estadísticas sobre Ejecución de la Pena.
- Observatorio de Violencia de Género (2024). Informe sobre mujeres y diversidad sexualen contexto de encierro.
- Butler, Judith (2004). *Deshacer el género. Paidós.
- Foucault, Michel(1975). Vigilar y castigar. Siglo XXI.
Guillermo De Marco | O.S.T. Investigador / Promotor en Salud Mental Informe Especial para*Reencuentro En La Frontera (2025)