SEMANA #22 | Inteligencia sin control: el peligroso giro autoritario del gobierno de Milei

En medio de una crisis social profunda, con salarios pulverizados y una economía paralizada, el Gobierno de Javier Milei decidió priorizar —una vez más— lo que mejor representa su verdadera concepción del poder: el control y la vigilancia. Mientras el ajuste golpea sin piedad a los jubilados, las universidades públicas y los trabajadores, la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) recibió un aumento presupuestario escandaloso que, en cualquier democracia saludable, debería ser motivo de alarma colectiva.

Los números son elocuentes: en tan solo cinco meses, el presupuesto de la SIDE pasó de $48.253 millones a más de $80.000 millones, con un incremento de más del 250% en los llamados "gastos reservados". Fondos sin rendición de cuentas, sin trazabilidad, sin control parlamentario. Una caja negra en manos de un gobierno que no oculta su desprecio por los mecanismos democráticos.

Pero el dinero no llega solo. Lo acompaña el flamante Plan de Inteligencia Nacional (PIN), aprobado por decreto, que habilita a los servicios a intervenir contra quienes "manipulen la opinión pública". La redacción, ambigua y peligrosa, deja la puerta abierta al espionaje interno contra periodistas, referentes sindicales, opositores, movimientos sociales e incluso ciudadanos comunes que expresen su descontento.

El mensaje es claro: Milei quiere una inteligencia al servicio del control político y social, no de la seguridad nacional. El enemigo ya no son los narcotraficantes ni el crimen organizado; el enemigo es quien piensa distinto. En su concepción libertaria, la libertad parece tener un límite: el de la obediencia.

Santiago Caputo: el cerebro detrás de la sombra
En este oscuro rediseño del aparato de inteligencia emerge una figura clave: Santiago Caputo, asesor estrella del Presidente y sobrino del “Toto”, exministro de Mauricio Macri. Sin cargo formal ni control institucional, Caputo es el operador central de los movimientos más sensibles del gobierno. Fue quien promovió la llegada de Sergio Neiffert a la SIDE —un hombre sin experiencia en inteligencia— y quien supervisa directamente la reorganización del sistema bajo criterios políticos antes que técnicos.

Su influencia no se limita a la estrategia de comunicación o al diseño de campaña. Es el puente entre el poder real y las estructuras que hoy concentran facultades críticas del Estado, como la inteligencia, la AFIP y empresas estratégicas. En rigor, Caputo no asesora: manda, sin rendir cuentas, sin controles y desde las sombras; todo con la anuencia de Javier Milei, y a pesar de Karina. 



El aumento de fondos para la SIDE y la implementación del PIN son obra suya. Y si el plan incluye la posibilidad de espiar a quienes "alteren la percepción pública de las políticas de gobierno", no cuesta imaginar qué tipo de inteligencia se está incentivando desde Casa Rosada.

¿Democracia o régimen de vigilancia?
La oposición, con matices, ha reaccionado con firmeza,  incluso algunos libertarios disidentes rechazaron el DNU que habilitó el primer aumento de fondos. Y aunque el Congreso anuló esa maniobra, el Ejecutivo volvió a la carga con nuevas reasignaciones presupuestarias. Lo que no se aprueba por ley, se impone por decreto.

La historia argentina nos ha enseñado —a fuerza de dolor y memoria— lo que ocurre cuando el Estado concentra poder sin control. La SIDE, una estructura históricamente opaca, debería estar sujeta al escrutinio más riguroso. En cambio, estamos asistiendo a su reconfiguración como brazo ejecutor de un gobierno que no cree en los consensos, desconfía de las instituciones y sueña con un orden verticalista basado en el miedo, en la agresión permanente.

No es casual que el aumento en los fondos para Inteligencia llegue mientras se degradan ministerios, se cierran institutos, se ajustan presupuestos educativos y se desmantelan políticas sociales. El Estado que Milei quiere no es más chico: es más oscuro, más peligroso, más autoritario.

Es hora de decirlo con claridad: sin control civil sobre los servicios de inteligencia no hay democracia plena. Sin transparencia en el uso de los recursos públicos, no hay república. Y si el espionaje vuelve a ser una herramienta política, el país retrocede décadas, hacia años nefastos.

La Argentina no necesita más espías: necesita más docentes, más médicos, más científicos, más trabajadores con derechos. Si la libertad es real, debe estar acompañada de justicia social, participación y respeto por las instituciones. Si no, será apenas una palabra vacía, agitada al viento como una bandera ajena.