LA CALLE, LAS URNAS Y LA SENSACIÓN DE MALESTAR

La marcha universitaria, el quórum que no llegó y los triunfos de Eralp en Berlín y Mamdani en Nueva York muestran que el malestar no tiene destino ideológico fijo. Sin representación política, la calle frena, pero no construye futuro hacia 2027.

Por LEONEL VIRGILLITO (*)- El jueves 15 de octubre se realizó la quinta Marcha Federal Universitaria. Bajo una lluvia persistente, miles de personas confluyeron en la plaza del Congreso en una convocatoria que desbordó la agenda educativa. La consigna principal era exigir el cumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario, pero se sumaron quienes reclamaban por la Emergencia en Discapacidad, contra la extranjerización de las tierras, contra el DNU 70/2023 y contra la carestía de la vida. En definitiva, la plaza expresó el malestar creciente ante un modelo que pauperiza a la sociedad argentina desde hace una década y que encontró en este gobierno su versión más agresiva.

Ese mismo día, en Diputados, la oposición buscaba reunir los 129 legisladores necesarios para sesionar y rechazar el DNU 70/2023, el corazón del modelo económico del gobierno. El impulso había surgido de un fallo de la Corte Suprema que, argumentando falta de legitimación de quienes demandaron, dejó en pie la derogación de la Ley de Tierras. Sin embargo, la misma Corte que le había generado ese problema,  le tiró un salvavidas al Gobierno: el 9 de octubre repuso la ley de forma cautelar y le quitó a la oposición su argumento más movilizador. No es descabellado pensar que lo hicieron, no por una simpatía particular con Javier Milei, sino para defender los intereses económicos de quienes auspician a este gobierno y que veían amenazados ante la posibilidad de que el DNU se cayera.

Como casi siempre que se vota algo vital para el gobierno, el presidente Milei no se encontraba en el país. Esta vez su lugar elegido fue Washington, adonde viajó por quinta vez en el año y donde tenía previsto disertar sobre “el caso argentino” ante la Cámara de Comercio. El miércoles, ya sin el presidente, el oficialismo hizo su jugada y consiguió dictamen para su ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, con una concesión pensada para los aliados: restituir la Ley 26.737, sancionada durante el kirchnerismo, que limita la compra de tierras rurales por extranjeros.

La respuesta a la marcha fue la represión. El gobierno del “león” que dice odiar al Estado usó todo el aparato represivo, la única parte del Estado que su antiestatismo siempre parece dejar a salvo, y mientras todo el engranaje mediático servil intentaba convencer a la sociedad de que todo reclamo es un intento de golpe de Estado llevado adelante por terroristas financiados por algún tipo de conspiración internacional, se cruzó otra línea: se reprimió a estudiantes, algo que no había ocurrido en ninguna de las cuatro marchas anteriores.

El balance inmediato es de derrota para la oposición. La sesión no logró quórum: se sentaron 121 diputados y faltaron ocho. El DNU sigue en pie, el financiamiento universitario continúa sin cumplirse y buena parte de la sociedad refuerza la sensación de no estar representada. Es un desamparo alimentado por la falta de acompañamiento de la conducción de la CGT y por la actitud de gobernadores, diputados y senadores que el año pasado hicieron campaña con un discurso opositor a Milei y que hoy prefieren quedar pegados al gobierno antes que tocar los intereses económicos de las grandes empresas, nacionales e internacionales, que no están dispuestas a soltar el DNU 70/2023. La percepción es la de estar solos frente al Gobierno, los grandes empresarios, la Corte y una embajada de Estados Unidos que opera activa y públicamente para sostener este modelo.

Pero el episodio dejó una enseñanza. Un gobierno que pretende mostrarse impermeable y dispuesto a “acelerar en las curvas” necesitó ceder para salvar lo esencial. Dos veces en pocas semanas, la presión callejera lo hizo retroceder en materia de tierras: primero, cuando una multitudinaria y heterogénea manifestación bajo la consigna “La patria no se vende” frenó, momentáneamente, la ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada y consiguió que el oficialismo retirara el capítulo de tierras; ahora, al tener que restituir la Ley 26.737. La movilización sigue siendo la herramienta de presión fundamental que tiene la sociedad. Una herramienta que parece poder poner un freno, pero no construir a futuro. Esa es la tensión que atraviesa la época.

“Una herramienta que parece poder poner un freno, pero no construir a futuro" 

Y esto no es un fenómeno solo argentino, los problemas que hay en todo el mundo, cada uno con sus particularidades y con mayor o menor intensidad, son similares, es por eso que en buena parte de Europa, las últimas semanas dejaron manifestaciones masivas, muchas de ellas violentas, contra el ajuste, la imposibilidad de acceder a una vivienda y el aumento del costo de vida, en Francia, Bélgica y España, entre otros países. El rasgo dominante es el mismo que aquí: una enorme heterogeneidad y una débil traducción político-partidaria. Es un malestar difuso que produce conflicto en la calle pero no logra convertirse en alternativa institucional. No es raro, entonces, que en Francia, a la par que crece la disconformidad, encabecen las encuestas rumbo a 2027 los derechistas Marine Le Pen y Jordan Bardella. Ahí, en el vacío de representación, operan las llamadas derechas radicales.

El teórico político Ernesto Laclau describió hace dos décadas cómo se produce ese pasaje: cuando demandas muy distintas son ignoradas por el mismo sistema, se enlazan entre sí y dan origen a un “pueblo”. La derecha radical es hoy muy eficaz en ese enlace. Parte de su éxito popular radica en apuntar hacia los costados y hacia abajo, de esta forma, la carestía de la vida, que no niegan, sería culpa de los inmigrantes, las mujeres o quienes reciben asistencia social, impulsados por “políticos traidores” que dañan a la nación en favor del comunismo, la invasión de Oriente a Occidente, “el marxismo cultural” o la “Agenda 2030”. De esta forma, el enemigo es flexible: se redefine según el contexto y permite armar alianzas cuando conviene.

Además se produce lo que la socióloga Maristella Svampa llama polarización asimétrica, es decir uno de los polos se radicaliza más rápido, corre el límite de lo políticamente posible y de lo decible, y ejerce de manera desigual prácticas de invalidación y deshumanización del otro. Basta ver, por ejemplo, las campañas: mientras uno de los extremos prometía quemar el Banco Central, dolarizar y “echar a patadas a la casta”, el otro, supuesto extremo, tendía a la moderación y su principal eslogan era “La patria sos vos”. No es que las sociedades se hayan vuelto de derecha de un día para el otro. Es que el umbral de lo que puede decirse en voz alta se movió, y quien lo movió fue también quien primero le ofreció un destino a la bronca.

“Hicieron, apuntando hacia arriba, lo que la derecha radical hace apuntando hacia abajo” 

Por eso, más que ante un giro ideológico irreversible, estamos ante una necesidad social desesperada de respuestas en un horizonte donde el futuro se percibe casi nulo. Y esa necesidad también puede encontrar otro cauce. En septiembre, Die Linke ganó por primera vez una elección regional en Berlín, con más del 25% de los votos, el doble que en 2023, de la mano de Elif Eralp, abogada de origen turco que hizo campaña sobre un problema concreto, el precio de la vivienda, con la propuesta de expropiar departamentos a los grandes propietarios corporativos. Ella misma reconoce como modelo a Zohran Mamdani, que antes había ganado Nueva York con el costo de vida como bandera. Ninguno negó el enojo o se moderó. Le pusieron nombre al problema, señalaron responsables y ofrecieron una salida. Hicieron, apuntando hacia arriba, lo que la derecha radical hace apuntando hacia abajo. Obviamente, dos grandes ciudades no sirven para sentirse triunfalistas, pero alcanzan para desmentir que el malestar tenga un destino ideológico fijo.

Argentina tiene la primera mitad de esa ecuación. La calle ya demostró que sabe juntar reclamos heterogéneos, y que puede ponerle límites al gobierno. Lo que todavía no demostró es que pueda convertirse en representación de cara a 2027. Mientras ese vacío siga abierto, lo ocupa otro. Esa es la deuda de una oposición que parece más ocupada en no tocar intereses y pelearse por quién debe conducir, que en interpretar a quienes marchan bajo la lluvia.

“Ninguna sociedad tolera indefinidamente la desesperanza sin salida”

Por otro lado, los sectores que hoy celebran una ventaja evidente harían bien en entender que en algún punto tendrán que ceder. El multimillonario Warren Buffett dijo en una entrevista en The New York Times de 2006 “Hay una lucha de clases, sin duda, pero es mi clase, la clase rica, la que está librando la guerra, y estamos ganando”, sin embargo, lo que deben saber, tanto ellos como aquellos que se jactan de querer representar a los pueblos, es que ninguna sociedad tolera indefinidamente la desesperanza sin salida. Porque si esas frustraciones, que hoy se expresan sobre todo como tristeza, no encuentran un cauce, tarde o temprano pueden transformarse en bronca. Y una bronca sin canal institucional puede llevarse puestos a todos: a quienes hoy ganan y a quienes no supieron representar.

(*) Politólogo y Consultor político. Director de AlterPoli Consultora.