Mitos, mentiras y resistencia: la inteligencia artificial bajo la lupa de la sociología del trabajo

Oscar Martínez, sociólogo e investigador en sociología sindical, desmantela el discurso hegemónico sobre la obsolescencia del trabajo humano y revela la trastienda extractivista y colonial que sostiene el andamiaje tecnológico global. Frente al ajuste y la ofensiva patronal, reivindica la organización popular como única barrera defensiva.


(ACTUALIDAD | 18/08/2026)- Hay una letanía repetida hasta el hartazgo en las grandes usinas de sentido del sistema: la inteligencia artificial vendría por todo, barriendo puestos de trabajo, obsoletizando saberes y decretando el acta de defunción del movimiento obrero. Del otro lado del mostrador, la promesa edulcorada de un porvenir automatizado donde la humanidad flotará plácidamente liberada del esfuerzo físico. Para el sociólogo, asesor sindical y codirector del Taller de Estudios Laborales (TEL), Oscar Martínez, ambas caras de la misma moneda forman parte de un gigantesco operativo ideológico. No hay tal disrupción inédita ni destino inexorable; hay, en cambio, una recrudecida ofensiva capitalista que utiliza la técnica como garrote y como zanahoria.

“Para decirlo muy resumidamente, para nada. Precisamente uno de los objetivos del libro es poner en discusión un montón de lo que podríamos llamar mitos, mentiras y leyendas en torno al cambio tecnológico”, dispara Martínez sin anestesia al desmenuzar las profecías agoreras que vaticinan el fin del trabajo. Lejos de ser un fenómeno novedoso de este siglo, el investigador recuerda que la amenaza de supresión laboral acompaña al capitalismo desde la máquina de vapor, pasando por los telares, la electricidad y la automatización informática de los años noventa. El libreto nunca cambia: el policía malo agita el fantasma de la extinción masiva, mientras el policía bueno promete el edén vacacional. Ambas premisas son radicalmente falsas.


“Los algoritmos no son neutrales; responden a los intereses de quienes los financian y premian la autoexplotación extrema del trabajador precarizado.”

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Pero si el relato oficial edifica la ilusión de una tecnología etérea, inmaterial y meramente cerebral —habitada por programadores exitosos en oficinas vidriadas de Silicon Valley—, la realidad material del proceso productivo global exhibe una cara infinitamente más sórdida. Es la trastienda de la cadena de valor de la inteligencia artificial, un circuito de expoliación que hunde sus raíces en las zonas más postergadas del planeta. Esa cadena arranca, lejos de las pantallas táctiles, en las profundidades de la República Democrática del Congo, donde mineros infantiles equipados apenas con picos y palas extraen en condiciones infrahumanas los minerales críticos —como el coltán y el cobalto— indispensables para la fabricación de chips y centros de datos.

El eje central de esta radiografía crítica se cristaliza en su libro Cambio tecnológico, inteligencia artificial y movimiento obrero, una obra editada recientemente que se propone disputar el sentido común imperante. Lejos de pensarse desde los escritorios académicos tradicionales, el texto fue concebido como una herramienta de debate y formación directa para las organizaciones gremiales y el campo popular, buscando dotar a la clase trabajadora de elementos teóricos y políticos para descifrar las verdaderas relaciones de poder que se esconden detrás de la innovación digital.

El raid de la explotación continúa en las factorías de ensamblaje masivo bajo regímenes de extenuación laboral extrema, y culmina en los eslabones de etiquetado y moderación de contenidos. Allí, ejércitos de trabajadores precarizados del Sur Global consumen jornadas interminables contemplando imágenes dantescas de torturas, violaciones y crueldad explícita para alimentar y purificar los algoritmos, pagando el costo con trastornos de estrés postraumático irreversible. Nada de eso entra en el folleto publicitario. A ello se suma la voracidad energética e hídrica de los gigantescos centros de servidores, verdaderos colosos que amenazan el suministro básico de electricidad y agua potable de las poblaciones, poniendo en la mira estratégica recursos vitales como los que resguarda la Patagonia argentina bajo lógicas de saqueo colonial como el RIGI.




En el plano local, Martínez advierte que la digitalización y las nuevas arquitecturas laborales —expresadas crudamente en el auge del teletrabajo atomizado y la precarización de las plataformas de delivery y transporte— operan como un disciplinamiento patronal donde el algoritmo muta en un capataz invisible e implacable. Ese patrón digital premia la autoexplotación extrema de quienes están disponibles las veinticuatro horas del día, desprovistos de derechos, obra social o estabilidad. Lejos de la neutralidad técnica, los sistemas automatizados reproducen y amplifican las asimetrías sociales, operando con los mismos sesgos racistas, clasistas y patriarcales que estructuran el orden vigente.


“El actual gobierno viene a destruir la ciencia, la educación y cualquier rasgo de independencia nacional; la única salida histórica es la resistencia en la calle.”

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Frente a este escenario de desguace sistemático impulsado por el actual gobierno —que embiste simultáneamente contra la universidad pública, la ciencia soberana, la salud y los resortes básicos de la independencia nacional—, el investigador no vacila al trazar la única línea de salida posible. El desmantelamiento institucional y la pauperización planificada no se doblegan con resignación electoral, sino con la densidad histórica de la lucha colectiva. Las masivas movilizaciones en defensa de la educación y la memoria demuestran que el tejido social resiste y acumula músculo político. Como tantas veces en su historia, el movimiento obrero y el campo popular argentino tienen el desafío histórico de tramar solidaridad, organización y disputa frontal en la calle para frenar la barbarie y evitar que el futuro sea un páramo desolado.