SOBERANÍA DE CATÁLOGO: el relato patriótico de Milei que choca contra la entrega y la geopolítica de alineamiento.
La última puesta en escena oficial expuso una pirueta discursiva difícil de sostener. Mientras la administración actual ajusta su brújula geopolítica exclusivamente a los intereses de la Casa Blanca y Donald Trump -con guiños inquietantes sobre Malvinas y flexibilizaciones territoriales-, la realidad cotidiana de sus medidas pulveriza el pretendido perfil nacionalista que asume.
POR HUGO MORENO (*) - La oratoria presidencial en cadena nacional suele funcionar como un ejercicio de ingeniería simbólica: se busca construir un enemigo, inflamar una épica de ocasión y blindar el relato frente a la erosión de la realidad cotidiana. El discurso del pasado jueves no fue la excepción. Con un tono ampuloso, el oficialismo intentó vestirse con ropajes de una soberanía que, en los hechos concretos de la gestión diaria, no hace más que vaciarse de contenido. Asistimos a una paradoja monumental donde se declama patriotismo desde los atriles, mientras se desmantelan las herramientas de defensa nacional y se entregan los resortes estratégicos de la economía a intereses foráneos (léase: extranjerización de las decisiones; o bien, entrega a las relaciones carnales).

Esta contradicción flagrante quedó expuesta de manera obscena en episodios recientes que merecen ser diseccionados sin anestesia. Días atrás, vimos cómo desde el propio ecosistema oficial y afines se cuestionaba con dureza a los jugadores de la Selección Argentina tras el partido contra Inglaterra, simplemente por mostrar una bandera que rezaba una verdad inquebrantable: "Las Malvinas son argentinas". Aquel episodio funcionó como un revelador test de ADN ideológico: molestó el gesto patriótico porque incomoda al dogma central de una gestión que prefiere evitar cualquier fricción con sus socios geopolíticos del Norte (EEUU, por si no se entiende).
Esa incomodidad ante la causa Malvinas no es un desliz aislado; es parte de una matriz de pensamiento que minimiza la cuestión insular y se alinea peligrosamente con declaraciones como las de la propia Patricia Bullrich cuando asumía el rol de ministra de Seguridad, sugiriendo o relativizando la entrega de las islas bajo lógicas de conveniencia mercantil. En paralelo, asistimos a un desguace normativo alarmante con el aceleramiento en la modificación de la Ley de Tierras. Las recientes y polémicas definiciones del canciller Pablo Quirno -en la misma línea conceptual que advertía sobre la posibilidad de prescindir o negociar porciones del territorio provincial- confirman que el verdadero objetivo no es la protección del suelo argentino, sino facilitar el latifundio transnacional. Se legisla a espaldas de las mayorías para que los recursos estratégicos, el agua, los minerales y la tierra fértil queden a merced del capital extranjero.
No podemos pasar por alto que este uso instrumental (y berreta) de los símbolos patrios evoca, de manera inquietante, los peores fantasmas de nuestra historia reciente. Esta veta de un "nacionalismo" declamativo, que agita consignas soberanas en los discursos mientras en la práctica destruye las bases de la Nación, resuena peligrosamente con la postura de aquel Leopoldo Fortunato Galtieri que, desprovisto de una verdadera estrategia geopolítica y de un compromiso real con el pueblo, terminó empujando al país a una guerra trágica sin medir consecuencias. La historia demuestra que los aventureros del verbo y los subordinados de despacho siempre terminan manoseando las causas más sagradas para disimular su propia fragilidad política.

Aquí es donde debemos desentrañar el verdadero giro operado por la Casa Rosada. Este repentino fervor discursivo no obedece a una convicción soberanista, sino a una cruda y subordinada cuestión geopolítica. El alineamiento automático, casi carnal, con los Estados Unidos y la administración de Donald Trump no persigue la grandeza de la Patria, sino la validación externa que el modelo económico necesita para sostener su frágil arquitectura financiera. Se trata de una geopolítica de genuflexión, donde se cede soberanía monetaria, comercial y territorial a cambio de un espaldarazo político que garantice la supervivencia del esquema vigente. Como certeramente se ha señalado desde algunos análisis periodísticos que desarman el marketing oficial, estamos ante la reedición de una entrega semicolonial, disfrazada de modernidad liberal, que pulveriza los consensos históricos más básicos de nuestra democracia.
Frente a este escenario de doble faz, la oposición política comienza a articular un posicionamiento que transita entre la prudencia táctica y la denuncia frontal. Sectores del arco opositor han comenzado a señalar con precisión quirúrgica que la retórica de la libertad es, en realidad, el biombo detrás del cual opera una profunda desposesión nacional. Desde el peronismo y los bloques provinciales dialoguistas hasta las expresiones de la izquierda y el sindicalismo combativo, se empieza a consolidar una lectura común: el plan económico y el posicionamiento internacional son las dos caras de la misma moneda de achicamiento y dependencia; de ajuste y perversión. Voces críticas desde el campo nacional y popular advierten que no hay superávit fiscal que valga si se destruye la matriz productiva y se regala la plataforma antártica y atlántica a las potencias hegemónicas.
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"La verdadera doctrina oficial no busca honrar la historia ni el territorio, sino subordinar la soberanía doméstica a una alianza carnal de neto corte ideológico".
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Sin embargo, el gran desafío para la oposición no es meramente testimonial, sino la construcción de una alternativa programática que logre interpelar a una sociedad golpeada por el ajuste, pero aún cautiva por las promesas del relato oficial. El peligro radica en naturalizar este estado de cosas, en aceptar que la cesión de soberanía es el costo inevitable de la inserción global. Las reflexiones que circulan en los rincones más agudos de la comunicación alternativa insisten en que el gobierno maneja con destreza el impacto comunicacional de sus cadenas nacionales, pero tambalea estrepitosamente cuando se cruzan los datos de la economía real con las promesas de campaña.
La jugada es evidente: apelar a los grandes relatos identitarios cuando el bolsillo ya no da respuestas, buscando anclar emocionalmente a una ciudadanía que empieza a percibir el desfasaje entre el discurso y la calle. Pero la historia argentina es terca y demuestra que ningún andamiaje propagandístico puede sostener indefinidamente una política de entrega territorial y económica. Las contradicciones entre la épica declamada y la realidad del vasallaje son demasiado profundas para ser maquilladas por trolls o puestas en escena televisivas.
No estamos ante un mero debate sobre formas comunicacionales; estamos frente a una encrucijada histórica donde se define si la Argentina preserva su destino como Nación libre o si se consolida como un protectorado a la deriva. La libertad genuina no se declama arrodillada ante despachos extranjeros, se ejerce defendiendo cada metro cuadrado de nuestra soberanía y cada derecho de nuestro pueblo. Desenmascarar esta impostura no es solo un ejercicio analítico, sino un imperativo patriótico. Porque los pueblos que olvidan su historia y resignan su territorio están condenados a repetir sus mayores tragedias, y frente a esa deriva, la voz crítica y el pensamiento riguroso seguirán siendo el primer bastión de resistencia.
(*) Director Ejecutivo del IAPP (Instituto de Análisis Y Propuestas Públicas).
