
LA VOZ DE OTROS :::: (DE ANÁLISIS Y OPINIÓN)
TODOS LOS DIEGOS, EL DIEGO
Por JUAN FRANCISCO GENTILE
Periodista. Licenciado en Comunicación. Redactor de Contenidos.
Maradona fue un Dios de carne y hueso, humano e imperfecto. Como las personas reales, que pudimos ver reflejado en él todo aquello de lo que somos capaces como pueblo.
(27-11-2020)- El primer recuerdo que tengo asociado con Diego Maradona es triste: la final del mundial Italia 90. Tenía por entonces cinco años de edad, y me había vuelto completamente fanático del fútbol, de la selección y de Diego. Me veo sentado en el piso de parquet del living del departamento en el barrio porteño de Almagro, en el que vivíamos con mis padres y mis hermanos. Desconsolado miro como se escapaba, se nos escapaba, esa final que parecía predestinada a la victoria. Fue el primer cachetazo de realidad de la vida: la marcha victoriosa, que parecía imparable, se detuvo de manera repentina, ilógica, inexplicable. Estaba preparado para festejar Argentina Campeón del Mundo 1990. Había cortado papelitos, tenía mi bandera, mi entusiasmo contenido preparado para explotar. No tenía ninguna duda de que eso era lo que iba a ocurrir. No podía pasar otra cosa después del 86, de la seguidilla demoledora y triunfal del Nápoli, de la lesión de Pumpido y las atajadas del Goyco, del gol de Cani a Brasil después de haber sufrido todo el partido, de la victoria frente a Italia, con los napolitanos chiflando el himno argentino y ver a Diego a puteada viva. Ese día empecé a entender que la vida es imperfecta y lo que parece estar ya escrito puede cambiar su final.

Todos tenemos nuestro Diego. Es un efecto que logran producir solamente los íconos populares, capaces de sintetizar el sentimiento de millones. Recorrer las miles de fotos que circulan en las redes hace que tomemos dimensión de su tamaño inconmensurable, de su lugar de absoluto privilegio en el altar de la cultura popular argentina, y también del mundo. Desde su aspecto físico se expresa ya esa multiplicidad de símbolos que se condensaban en un solo cuerpo. El pibito villero, el joven esbelto lleno de sueños, el fiestero de los noventa enchapado de oro y de pelo teñido, el obeso en tratamiento médico, el tobillo como una sandía, el militante contra el ALCA, su cara impresa en pieles y paredes de barrios pobres de todo el mundo, el de rostro castigado por la vida y las sustancias, el de las imágenes plenas de amor con Claudia (no habría Diego sin Claudia). Son todos el mismo y el mismo es todos a la vez. Todos los Diegos, el Diego.
De todas las imágenes que circularon me impactó especialmente una. Maradona todavía niño consuela a un pibe correntino que está devastado luego de perder la final de los Juegos Evita de 1973. Es una foto premonitoria, porque de alguna manera es lo que hizo Diego en sus años posteriores de esplendor: consoló a un pueblo hecho trizas, golpeado como nunca luego de la peor etapa de su historia, la dictadura militar en Argentina. Consoló también a Nápoles, esa región olvidada de Italia, siempre oprimida, tratada como basura por un norte fastuoso y fascista. Anfitrión de fiestas allí donde hacía demasiado tiempo no había nada para festejar, Maradona fue y seguirá siendo un ícono político revolucionario. Desafiante, provocador, militante. Quien quiera despolitizar su figura, quien diga que “no es momento para la política”, gasta sus fuerzas en vano: Diego fue, es y será político.
Desafió todos los límites, convirtió sus estigmas en superpoderes. Era negro, petiso, retacón. Sin embargo, se deslizaba por el césped como una gacela, sus movimientos parecían los de una pluma bailando liviana al compás del viento. Era villero, nacido en un barrio signado por la desesperanza, entre personas a las que la televisión y las revistas les decían todos los días que nunca iban a llegar a nada por ser pobres. Pero él llegó a lo más alto, y su vida fue una cachetada al poder, que quiere a los pobres sumisos, silenciosos, derrotados. En su labia ardían el ingenio popular, la picaresca criolla, la ironía, la acidez y la ternura. Nunca tibio, nunca indiferente, siempre tomaba partido. Habitaron en él también las contradicciones, los claroscuros. Tuvo actitudes repudiables en su vida privada, incurrió en miserias y en errores. No opacan su figura, la tornan más compleja y multiforme, la humanizan. Pensándolo un poco, tal vez por eso, también, produce tal grado de veneración: Maradona fue un Dios de carne y hueso, humano e imperfecto. Como las personas reales, que pudimos ver reflejado en él todo aquello de lo que somos capaces como pueblo...
FUENTE: EPD